Dragonball Evolution

James Wong 2009 USA

Este aborto de película tiene además el dudoso chiste de llamarse "evolución" cuando proviene de un país que defiende el creacionismo. Así les ha salido...

¡Ya! ¡Al fin! Han hecho falta numerosos años, intentos frustrados, rumores, e incluso realidades en forma de largometraje de dos duros (filmados en China). Pero al fin ha llegado el momento de ver en gran pantalla, con personas de carne y hueso y lo más importante, con estudio superproductivo a sus espaldas, una película basada en la popular "Bola de Drac" (perdón, "Bola de Dragón"). Y ¡ah! mundanales espectadores corrientes, morid de envidia, pues me he adelantado a vosotros y a las hordas de fans que a buen seguro esperan, entrada en mano, al próximo 8 de abril -fecha de estreno en España. Por fin mis sueños más lascivos se han hecho realidad y he asistido al pase de "Dragonball Evolution"... Y por fin puedo vanagloriarme, sin temor a error, de haber visto la peor película con diferencia desde que tengo uso de razón.

Juro, antes de continuar, que lo he intentado. He intentado olvidar el 1,7 sobre diez que posee la película en filmaffinity (pillines, no bajéis screeners, que está prohibido), así como el 3,3 de Imdb, los primeros comentarios recogidos tras su paso por las salas del lejano Oriente,o las numerosas noticias que circularon por los medios acerca de sus múltiples re-rodajes, problemas y amagos por desaparecer de la mesa de 20th Century Fox.
Pero es que tras la hora y veinte de semejante suplicio cinematográfico, uno no deja de pensar en el inmenso favor que nos hubieran hecho (fans o no de la saga) cancelando el proyecto cuando aún se estaba a tiempo. El caso es que al final las aguas han llevado a buen puerto (o no, los números dirán), y lamentablemente, "Dragonball Evolution" es una realidad, una triste, triste realidad.

Ciertamente, las sensaciones que se perciben al arrancar la película de James Wong llevan, más que al suicidio colectivo, al pasmo y a la incredulidad. Asistimos al entrenamiento de un Goku en camiseta de Zara y tejanos, más preocupado por su vida social (léase, sic, cómo hablar con chicas, literalmente) que por concentrarse en los consejos que le da su abuelo, y acto seguido se nos transporta al instituto del futuro en que descubrimos que el hombre más potente de la Tierra es en realidad marginado y humillado por sus colegas (grupo multiétnico tan variado como aclicheado).
Desde los primeros compases queda por tanto clara cuál es la lucha que va a tener que lidiar el espectador: abandonar todo recuerdo de la serie original más allá de los nombres de los personajes, e intentar hacerse con esta nueva ubicación de las Siete Bolas de Dragón.
Dicha batalla resulta más ardua de lo esperado conforme progresa la película (más que "Dragonball" parece un episodio de "Hannah Montana"), por lo que en verdad no se tiene total conciencia de la aberración que está impregnando su retina.

Pero pasado este tiempo de margen en el que, entre bromitas de quinceañeros, gags no recomendados para mayores de siete años, interpretaciones dudosas y efectos especiales horteras (ralentizaciones incluidas), el espectador definitivamente da por perdido cualquier atisbo de empatía con el muevo marco, la cortina de humo se evapora dando paso a la cruda realidad, algo que coincide más o menos en el tiempo con la aparición de Cho Yun Fat en la piel de Muten Roshi (Follet Tortuga).
Es entonces cuando del recelo y el sonrojo se pasa poco a poco a la desidia y a la ira, o lo que es más importante, unos deseos imperiosos por abandonar la sala.
Y es que poco a poco se le va restando peso al hecho de que "Dragonball Evolution" sea un insulto para los sentidos, de que absolutamente nada funcione a ninguno de los niveles (visuales, auditivos y/o interpretativos), o de que sea más un insulto que una adaptación. Tampoco importa que su montaje demencial no oculte que estamos ante una película digna de estreno en horario infantil en la televisión, o que cada una de las frases que dicen en su guión sea una fotocopia directa y descarada de cualquier otra historia de acción que (no) se precie. Si me apuran, incluso acaba pasándose por alto que todos y cada uno de sus personajes, por su ridiculez, sean hostiables en todo momento (atención al ya citado maestro y a Yamcha).

El problema aún mayor a todos ellos radica en que lo poco que dura la película es directamente proporcional a lo poco que se cuenta en ella, que pese a reunir una historia digna de temporadas enteras del anime original, acaba cayendo en la desesperación por el aburrimiento más absoluto.
Nada, absolutamente nada logra interesar al espectador en ningún momento, más allá de las generosas curvas de las actrices (de las que uno especula si cada una guarda en su interior dos de las Bolas de Dragón...).
Y no se debe sólo a un guión que es más un despropósito, sino al nulo sentido del director por la épica. Porque a fin de cuentas, si a uno le prometen Kame-Hames, peleas frenéticas o dragones y simios gigantes, al final eso es lo único que éste le exigirá a la película. Ahora bien, si la esperada pelea final entre Piccolo (Cor Petit) y Goku dura exactamente 20 segundos, las Ondas Vitales (!) apenas hacen acto de presencia, el monstruoso gorila en que se convierte nuestro héroe (aquél que, más alto que una torre, destrozaba ciudades enteras a su paso en el original) mide poco más de dos metros, y el dragón es del tamaño de una lagartija, apaga y vámonos.

Así las cosas, queda claro que ni el mayor esfuerzo personal del mundo puede hacer que la película convenza a nadie, y de hecho, por más que le dé vueltas, un servidor no logra descubrir a quién podrá gustarle semejante engendro, insulto tanto a la inolvidable obra de Toriyama como a la inteligencia de todo espectador mayor de tres años.
Mala hasta decir basta, confirma y supera todo lo rumoreado acerca de su (nula) calidad, convirtiéndose en el peor espectáculo que se ha hecho en años. Es tan engañosa, que incluso las numerosas escenas de destrucción masiva vistas en el trailer sólo aparecen en décimas de segundo de una ensoñación chunga que le da a nuestro Goku cada vez que, ojo, una Bola le habla...

Por Carlos Giacomelli