Los abrazos rotos
Pedro Almodóvar 2009 España
Almodóvar vuelve a demostrar por qué es el mejor director español de la actualidad.
Después del experimento sencillo y colorido que fue Volver (2006),
Almodóvar regresa al camino de su último cine, el que está alejado de
esa histeria colectiva que es lo almodovariano y conjuga las historias
con varias líneas temporales y múltiples vidas cruzadas. Sin embargo,
Los abrazos rotos es un film claramente menos complejo en su estructura
narrativa que Hable con ella o La mala educación: sus dos líneas
temporales no son tales, ya que la que se desarrolla en el presente es,
a la vez, prólogo y epílogo del cuerpo de la narración, ubicada en 1994.
Sin embargo, es precisamente en el epílogo, donde Almodóvar más deja
ver cierto seguimiento a ultranza de las formas narrativas del
melodrama clásico: a pesar de que la película tiene un final claro
después del grueso de la narración, el film sigue hasta atar
completamente cabos que estaban mejor desatados, e incluso inventando
nuevos -el personaje de Tamar Novas-. También es el epílogo el que nos
permite fijarnos, de nuevo, en como Almodóvar narra utilizando dos
principios: la búsqueda de la imágen-iceberg y la narrativa clásica.
Imágenes-iceberg, como la de Lena doblándose a sí misma, y una
narrativa clásica que se apoya constantemente en referencias cinéfilas:
en este caso, principalmente Te querré siempre (Viaggio in Italia,
1954). Una imagen del film de Rossellini, los amantes de Pompeya
fosilizados por la lava del Vesubio, constituye el corazón de Los
abrazos rotos. Así, el film de Mateo Blanco y Lena (una versión de
Mujeres al borde de un ataque de nervios (1989) titulada Chicas y
maletas) es también la única prueba de su amor: un film se convierte en
la demostración irrefutable de la existencia de los sentimientos de su
autor. Es por eso que, según Almodóvar, toda alteración de la idea
original de la película por parte del productor-villano se convierte en
una violación del espacio íntimo del creador.

