Thirst

Park Chan-wook 2009 Corea del Sur

El último film de Chan-wook divide a la crítica aunque todos coinciden en que es una propuesta llena de pretensiones y temas tratados

División de opiniones radicales (especialmente negativas) ha encontrado Park Chan-Wook con su nueva película. No es de extrañar, ya que este acercamiento al género vampírico por parte del director coreano está repleto de ideas difíciles de digerir para el espectador en un primer visionado y de conjugar para el director en solo dos horas. Con esto dicho creo que la película es imperfecta pero aun así de lo mejor que se ha visto en todo el año.

Thirst es la obra de Chan-wook que revela de manera más alarmante su principal punto débil como director, me refiero a su noble insistencia en descubrir nuevos hallazgos visuales en cada película, pues si estos hallazgos se integran en la historia no pasa nada, tal y como ha ocurrido en sus películas previas (exceptuando el desastre que supuso “Soy un cyborg”); mas cuando se juega tanto como él hace uno puede acabar perdiéndose. Perdiéndose en un ombliguismo que solo acabará interesándole a él mismo. Por eso espero que en su nueva película se piense más el momento de utilizar el zoom, los travellings circulares, los planos cenitales, los insertos gore, etc., bellos recursos narrativos que el director ha usado magistralmente en trabajos previos y que aquí rozan la auto parodia. Digo rozan porque al final el conjunto acaba pesando más que los detalles y estos deslices visuales acaban integrándose en la historia en muchos casos, aunque no en todos.

Algo parecido sucede con la inagotable sucesión de temas e ideas que quiere abarcar la película, son tantos que el director tiene que abandonar varios de ellos para continuar con la trama, consiguiendo una película que en su primera parte avanza a base de retales. En esta primera parte el director plantea muchos de las cuestiones que desarrollará durante la película, unas de manera más extensa que otras. Así las dudas de fe de un sacerdote (interpretado por el genial Song Kang-ho; muy incómodo e irregular como clérigo, impresionante y magistral como vampiro) aquejado de una extraña enfermedad, que empieza a plantearse si Dios le ha abandonado, le conducirán a transformarse en vampiro.

Ya desde el momento en que el sacerdote se somete a un experimento esperando quizás no sobrevivir, Park Chan-Wook introduce uno de los temas principales de la película, la diferencia entre el martirio y el suicidio, algo que acabará determinando los actos del protagonista de la historia. Su necesidad de suicidarse y sus ansias de sangre le provocaran un sentimiento de culpa que ya no le abandonarán hasta el final, de hecho aumentarán cuando se deje dominar por la lujuria, cosa que el sacerdote acepta en paralelo a su asunción de que necesita la sangre para vivir y a su pérdida de fe.

Como en algunas de sus anteriores películas, el director parece decir que tanto el sexo como la violencia no son motores de nuestras vidas pero si ejes sobre las que giran estas. En una de sus habituales ironías, Park Chan-Wook hace más “humano” a su personaje cuando este deja de serlo, pero también parece decir que el hombre es malo por naturaleza ya que al abandonar el sacerdocio -y dejar de ser un hombre que vive en un mundo espiritual basado en una disciplina de acero- florece la parte mas oscura de este personaje, el cual acaba violando los 10 mandamientos uno por uno, llegando incluso hasta el asesinato y aumentando de esta manera su sentimiento de culpa. Algo desafortunada resulta la plasmación de este pecado, solo presente durante el acto sexual; el humor grueso que refleja el agobio del protagonista solo es salvado por la belleza de los planos que crea el director.

Tras el asesinato podría decirse que empieza la segunda parte de la película, donde  con la “llegada” de un segundo vampiro, Park parece calmarse; retoma los apuntes y comentarios sociales que ha apuntado en la primera parte e introduce un tema con el que se siente mas a gusto, la responsabilidad que conlleva el poder absoluto y como éste poder puede usarse indistintamente para el bien o el mal. Cómo este poder acaba siendo usado para satisfacer venganzas personales y viejos resentimientos por parte de las clases mas desfavorecidas, convirtiéndose en una carga para aquél que es consciente de él. Un poder que puede ser fuente de renacimiento o desolación.

Ya hacia el final, el director vuelve a los temas que dejó al principio y realiza una reflexión muy cínica sobre la fe al mismo tiempo que retoma el tema sobre la diferencia entre suicidio y martirio, creando unos minutos finales que, a pesar de ser una autocita, estremecen al espectador por su deslumbrante belleza y arrebatadora melancolía. Algo a lo que no es ajena la preciosa y triste música del brillante compositor coreano Cho Young-Uk.

Una película caótica y apasionada, demasiado rica para analizar y asimilar en un solo visionado y que anuncia que lo mejor o lo peor del genial director coreano está por llegar.


Por Gonzalo López