Eyal Sivan, el Cine Como Bisturí
Javier Rueda 23 November 2006
Artículo sobre este importante autor israelí, desconocido para muchos, necesario para los que lo conocen.
Con eternos conflictos socio-políticos sacudiendo constantemente nuestras conciencias, cada vez más gente despierta a la necesidad de impulsar un arte que no solo busque respuestas para las preguntas de siempre, sino que sea capaz de hacernos reflexionar sobre las grandes cuestiones de la actualidad. Ahí es donde se sitúan las intenciones de autores como Eyal Sivan, quien en sus películas documentales nos mete de lleno en las bases y efectos colaterales del conflicto entre Palestina e Israel, siempre desde el punto de vista de la población civil de ambos bandos y cuestionando la propia percepción y prejuicios del espectador.
Eyal Sivan (Haifa, Israel, 1964) es descendiente de judíos polacos que vivían en Uruguay pero que emigraron a Jerusalén, por lo que es allí en donde se crió hasta que en 1985 se trasladó a París.
"Mi madre era sionista y quería dejar Montevideo para ir a un país nuevo. Decidieron Israel porque no querían que creciera como judío.. El judaísmo de mi casa era secular, así que durante muchos años no fuí judío sino israelí. Para mí el judaísmo era algo peyorativo. Me tomó tiempo entender que parte de la descolonización es aceptar el hecho de que también soy judío, pues la identidad israelí es colonialista, de colonizar también el judaísmo, de nacionalizarlo. Con el tiempo mi madre se decepcionó con Israel".
Dos años más tarde, en 1987, sorprendió a la crítica internacional con Aqabat jaber: Vie de passage, ópera prima en la que ya dejó patentes las bases sobre las que luego desarrollará su discurso sobre el uso político de la memoria en Israel, la desobediencia civil y la manipulación del genocidio, convirtiéndose a la postre en referente del cine documental político y cosechando múltiples premios en diversos festivales. En ella realiza un contundente retrato sobre las poblaciones palestinas desplazadas de su tierra natal como consecuencia de la creación del Estado de Israel, denunciando con ello la historia de una supuesta solución transitoria que acabó convirtiéndose en un modo de vida permanente. Esta obra es un sensible y cercano retrato sobre lo que es una generación relegada, criada en base a la añoranza de unos lugares y paisajes que nunca conocieron y que ya no existen, merecedora del Gran Premio del Jurado del Festival Cinéma du Réel, en el Centro Georges Pompidou de París.
Después de este prometedor comienzo tuvieron que pasar cuatro años para poder contemplar su segunda obra, que sería el comienzo de su etapa más prolífica como director cinematográfico, abarcando esta toda la década de los noventa. Este segundo documental fue Izkor: Les esclaves de la mémoire, análisis imprescindible y sin complacencia de las bases del estado hebreo, captadas a través de los fastos conmemorativos que durante el mes de abril se llevan a cabo en Israel, en donde historia santa, religión y política se entremezclan y se confunden en un cóctel patriótico y grandilocuente destinado a las nuevas generaciones.
Es sobre todo en este segundo título cuando se percibe que las intenciones artísticas de Sivan, lejos de reducirse al marco del desarraigo de la población palestina, se amplían hasta llegar a connotaciones comprometedoras respecto a su propio país, al que acusa de sacar réditos del revisionismo histórico o, como dirían los políticamente correctos, de aprovecharse de las medias verdades sustentadas en el olvido. Como dice el propio director, "En principio, la memoria se opone al olvido. Pero en realidad, siempre implica la selección de una serie de recuerdos y, por consiguiente, la eliminación de otros. En la construcción de la memoria oficial israelí, se han "olvidado" mucho datos y acontecimientos históricos, lo que ha servido para legitimar actos ilegales desde el punto de vista del Derecho Internacional (como la ocupación progresiva del territorio de Palestina sin el consentimiento de sus habitantes originales) a partir de la estrategia política de los hechos consumados."
La lucha contra el olvido
En relación a su particular lucha contra el olvido, Eyal Sivan expone en su obra la convicción de que cualquier solución real y duradera del conflicto palestino-israelí requiere poner en marcha un proceso de revisión de la memoria histórica impuesta por el discurso sionista. "Sólo desmontando la memoria oficial y analizando detalladamente la génesis de este conflicto
(la proclamación del Estado de Israel sobre territorio palestino, en 1947 y bajo el amparo de la ONU, para resarcir a los judíos del horror del holocausto), se pueden cambiar las mentalidades y promover una reconciliación entre palestinos e israelíes.. No se puede construir un futuro en el que sea posible la convivencia pacífica si obviamos que el acto fundacional del Estado de Israel se basa en una partición artificial de la región de Palestina, que dejó sin tierras y sin futuro a muchos de sus pobladores originales".
Un claro ejemplo de discurso en torno a este último punto lo encontramos en su película Aqabat jaber: Paix sans retour? (1995), en donde volvemos al campo de refugiados mostrado en su primer film, recién devuelto a la administración palestina. En este contexto de cambio y supuesta liberación, el director nos muestra que no ha cambiado nada para sus tres mil habitantes, ya que continúan refugiados al estar privados de aquella tierra de la que sus padres fueron expulsados y que sigue siendo propiedad del Estado de Israel. Como ya pregunta el propio título de la obra, la reflexión subyacente durante todo el metraje consiste en la necesidad de admitir la injusticia inflingida contra el pueblo palestino, demostrarles que todo su sufrimiento no ha pasado inadvertido, en definitiva, reconocer su parte de razón aun por encima de las concesiones o acuerdos a los que se llegue en un hipotético cese total del conflicto.
El racismo endémico hacía el árabe en la población judía
La memoria oficial israelí se basa en tres negaciones. En primer lugar, la negación de la posibilidad de que el carácter "diaspórico" del pueblo judío pueda ser su principal seña de identidad, obviando que hasta la formación del Estado de Israel nunca tuvieron un territorio geográfico propio.
En segundo lugar, la negación de la realidad geo-política y cultural de la Palestina anterior a 1947, argumentando que los únicos y verdaderos indígenas del territorio que se extiende entre el río Jordán y el Mediterráneo son los judíos
En tercer lugar, la negación de la existencia histórica de una cultura judeo-árabe (sefardíes) igual o más extendida que la vertiente judeo-europea (askenazis).
Cualquiera de estas tres negaciones tiene una clara implicación en el racismo endémico del pueblo israelí hacia el palestino (árabe por extensión), ya que a nivel subconsciente les recuerda quien es el legítimo habitante de esas tierras. Humanizar al árabe palestino les significaría tener que reconocer su parte de culpa en el conflicto. En Israland (1991), nos encontramos ante la primera vez en la que Sivan trata este tema frontalmente. Este documental cuenta la historia del grupo de hombres encargado de construir Israland durante la Guerra del Golfo, un parque temático situado a diez kilómetros de Tel Aviv, mientras en la capital crece la paranoia ante posibles ataques con gas mortal. Entre los obreros podemos encontrar palestinos junto a judíos israelíes, georgianos o alemanes, todos tan diferentes entre ellos que lo único que tienen en común es su trabajo, en donde el odio reina omnipresente.
En abstracto, lo que Sivan nos muestra es a la sociedad israelí en clave de occidente (como más tarde argumentaré), en una historia llena de patetismo cargado de metáfora surrealista, todo ello salpicado con un áspero y descarnado sentido del humor. Lo que está claro es que tarde o temprano se acabará construyendo ese absurdo parque en medio de la nada, tan claro como el desprecio que sufrirán los peones árabes durante todo el proceso, reducidos a mano de obra barata sin nombre ni alma. Al igual que sucede en muchos otros países, nada cambiará por hacerse uno o mil parques, ya que por mucho que se trabaje codo con codo los prejuicios siempre serán más fuertes que la azada.
La negación del judío árabe
Como se comenta en Israland, un porcentaje muy alto de la población de Israel es árabe, ya sean judíos de origen sefardí o palestinos que quedaron en zona israelí tras la partición de 1947 o en las anexiones posteriores. El discurso sionista dominante ha tratado de ocultar ese dato, promoviendo la "des-arabización" de la población judía de origen árabe, ocultándoles sus referentes históricos y socio-culturales. Por una parte, se prohíbe a los árabes israelíes volver al país si se casan con un palestino, mientras que a su vez se busca incesantemente la emigración a Israel de judíos occidentales y no-árabes. Según Eyal Sivan, "este estado de guerra permanente en el que vive Israel ha hecho que en los últimos años disminuya de forma considerable el número de inmigrantes judíos que llegan al país"
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En una de sus últimas producciones, el documental Route 181, fragments d'un voyage en Palestine-Israël (2004), ganadora del Gran Premio del Festival Internacional de Derechos Humanos de París, Sivan refleja claramente este proceso de "des-arabización" dando la palabra a judíos de origen sefardí que, ante esta oportunidad de reafirmarse gracias a la eternidad de las imágenes grabadas, se esfuerzan de manera continua en diferenciarse de sus vecinos árabes. Rodada en verano del año 2002, Route 181.. nos muestra el recorrido emprendido por el propio director junto al palestino Michel Khleifi (co-director del film) a través de la denominada "ruta 181", que no es más que la virtual línea fronteriza dispuesta en la resolución 181 de la ONU por la que se dividió la antigua Palestina en dos estados diferentes.
Durante sus extensos 270 minutos de metraje, escuchamos opiniones tanto de judíos como de palestinos, hombres y mujeres, niños y adultos, civiles y militares, explorando a través de sus palabras el límite que los separa de sus vecinos (hormigón, humor, desconfianza, ilusión, agresión, cinismo). Como en muchos otros conflictos, la verdadera frontera no es la orografía sino el espíritu resentido de cada pueblo, mucho más determinante que esa resolución tantas veces violada y realmente nunca cumplida, tanto por unos como por otros. Aquí no hay buenos ni malos, solo dolor y sufrimiento. Según el director, "Route 181.. es un trabajo de arqueología política. Intenta plantear un relato coral que desenmascare la instrumentalización y tergiversación de la memoria histórica llevada a cabo por el poder sionista, que ha logrado infiltrarse en el imaginario de los israelíes)"
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Con ese discurso coral y sin condiciones, Eyal Sivan consigue esquivar los estereotipos que cada espectador podría aportar a la obra, ya que el director cree que, por encima de todo lo denunciado al poder sionista, sería un grave error convertir a los palestinos en las nuevas víctimas por excelencia, en referencia al hecho de que en parte de la opinión pública occidental, informada de manera sesgada y politizada, se extiende cada vez más la idea de que algunas acciones del gobierno del Estado de Israel son equiparables a las que llevaron a cabo los nazis. "Ese planteamiento discursivo,
dice Sivan, convierte a los palestinos en las nuevas víctimas por excelencia, pues su verdugo es el verdugo por antonomasia: los nazis.. Desde la certeza de que se deben evitar esas interpretaciones esquemáticas y reduccionistas, que agotan el discurso, creo que es necesario subrayar que en el conflicto israelí-palestino existe un gran desequilibrio entre los dos agentes implicados. Es decir, ambos son víctimas y verdugos, pero unos son más víctimas y otros más verdugos".
Un ensayo sobre la banalidad del mal
Reflexionando sobre el concepto del verdugo, muchas veces asociado al número de la bestia, Sivan compuso una obra tan interesante como El Especialista (Un spécialiste, portrait d'un criminel moderne (1999), documental basado en el libro de Hannah Arendt "Eichmann en Jerusalén. Un ensayo sobre la banalidad del mal" que ya había sido blanco de críticas encendidas. Codirigida junto a Rony Brauman, nacido en Jerusalén, los dos realizadores trabajaron sobre las 350 horas de video que el cineasta norteamericano Leo Hurwitz registró del juicio a Adolf Eichmann, responsable entre 1941 y 1945 de la deportación de judíos hacia campos de exterminio, realizado en Israel el 11 de abril de 1961.
Al igual que la escritora, los directores debaten sobre la denominada "banalidad del mal", ahondando en la contradicción de un hombre que en apariencia no se diferenciaba mucho de cualquiera de nosotros y que, sin embargo, había sido culpable de la puesta en marcha de la maquinaria nazi. Un burócrata que ejecutaba órdenes sin otra ambición que la de obedecer, pero no un ideólogo de la masacre.
-"Paradójicamente, en nuestro film, el personaje principal es un verdugo
-dice Eyal Sivan-. Un tipo espantosamente común, como lo ha subrayado Hannah Arendt. Este retrato rompe con la iconografía habitual del oficial de las SS, superhombre ario, encarnación de un mal diabólico. Extrañamente, el cine antifascista también utiliza este cliché. No hay más que ver a los SS de 'La lista de Schindler', que se parecen a los de Leni Riefenstahl."
Según Rony Brauman, "hombres como Eichmann, obsesionados por la necesidad de cumplir órdenes, hay en todas las latitudes y en todas las épocas. En la deportación y en la posterior exterminación de los judíos, la mayoría de los hombres comprometidos no eran ideólogos sanguinarios"
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-"Es el problema de las sociedades modernas: ¿quién es responsable?"
-añade Sivan. Yo creo en la responsabilidad individual. Un torturador puede decir que era una orden, que alguien lo haría por él en caso de negarse. Es verdad, pero lo cierto es que lo hizo, y por tanto ha de asumir su parte de culpa"
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La parte más polémica de esta película, al igual que en el libro, es cuando se habla del comportamiento de las víctimas, del colaboracionismo que algunos han denunciado en judíos que sacaron su beneficio personal de las acciones del régimen nazi. En este terreno, Sivan está más pendiente de hablar sobre la condición humana que no de desenterrar culpables, pues el quid de su propuesta esta en el hecho de que demonizando a estas personas, estos actos, se pierde la capacidad auto reflexiva, de búsqueda del cómo esos acontecimientos pueden reproducirse y ser llevados a cabo, más o menos distorsionados, incluso en países y poblaciones que los sufrieron previamente. Al respecto, Sivan dice "fuera del contexto del Tercer Reich, Eichmann podría ser un burócrata cualquiera. Es difícil lidiar con eso. Nos hace preguntarnos si podemos convertirnos en un tipo así... No quiero decir que todos seamos Eichmann, pero podemos serlo. La cuestión es cómo vigilar el hecho de que las raíces del crimen colectivo, del totalitarismo, están en las sociedades democráticas".
Como dice José Steinsleger en su magnífico artículo "De la Frívola Banalización del Mal", "el trío de negaciones y descargos (inhumanidad, arrepentimiento, revelación) resulta clave para endosar la culpa al "mal". ¿Pero el nazismo fue 'el mal', o una tosca variable del modelo político precursor que hoy defienden las plutocracias de Estados Unidos, Israel y Europa central?..."
. Prosigue Steinsleger, "...En la hipócrita retórica de los (ya demasiados) 'Nunca más', las tres negaciones invierten la ecuación central. Pues si un genocida es 'causa', y el sistema que lo engendra 'efecto', nada impide que el exterminio planificado pueda reciclarse una y otra vez. Luego, los (ya demasiados) 'Siempre más' serán filosóficamente maquillados en los abismos del 'bien contra el mal', el 'mal contra el bien' y ese florido arsenal de conceptos vulgares que han reducido el drama de nuestra época a un hoyo negro sin ton ni son..."
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Al respecto, es significativo que, como muchos denuncian, Israel practica la "transferencia de población" desde que en 1948 tuvieron el primer enfrentamiento con los árabes. Su excusa es la expulsión de palestinos para acoger a inmigrantes judíos procedentes de otros países, lo que en sentido profundo no deja de ser una limpieza étnica de su población.
La relatividad del 'mal' y los peligros de la memoria
Volviendo al tema de la "banalización del mal", Eyal Sivan volvió a la temática del anterior documental para crear Pour l'amour du peuple (2004), en donde Monsieur B. narra la historia de su vida dedicada al trabajo, un hombre que como reza el título de la obra siempre realizó sus deberes "por amor a la gente", un verdadero ejemplo de heroico estoicismo en su puesto como funcionario en la República Democrática Alemana (RDA). A través de su testimonio, apoyado en numerosas imágenes de archivo de aquella época, este personaje histórico nos cuenta con todo lujo de detalles lo que fue para él ser oficial de la "Stasi" (MfS) durante veinte años, concretamente hasta su disolución semanas después de la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989.
En resumidas cuentas, a lo que el espectador se enfrenta en esta propuesta vuelve a ser el tema de la conciencia contra la fe ciega, el amor contra el desengaño, a través de un hombre que siempre hizo lo que la sociedad esperaba de él, incluso llegando a ordenar cosas que precisamente no podrían ser reveladas a la opinión pública. Para él, la "Stasi" era el cuerpo del orden democrático alemán, para el resto de la comunidad internacional, una organización gubernamental dedicada al terrorismo de estado, a la privación total y absoluta de la libertad y los derechos civiles de la población, castigando rápidamente a todo disidente político o moral. De entre todas las patéticas aseveraciones de Monsieur B., verdaderas muestras de nostalgia por la desaparición de su mundo, recordaré la que posiblemente más tiene que ver con las intenciones reflexivas del director en este film: «Volverán a llamarnos. Los países necesitan sentirse seguros contra el terrorismo». Esta escalofriante y terrible afirmación, que bien podría ser el epitafio de un gran malvado del celuloide de ficción, se convierte dicha por este oficial en una involuntaria amenaza a tener en cuenta, avisándonos de que gente así también existe en el "mundo real", entre nosotros, ahora mismo.
Así pues, la visión de la obra más reciente de Eyal Sivan, alternando documentales como El especialista y Pour l'amour du peuple con otros como Ruta 181, nos ofrece una profunda reflexión sobre el tema de la víctima convertida en verdugo, viendo ciertos paralelismos y sobre todo muchas coartadas morales. Como dice el propio director, "Nos educan con la noción de que por ser víctimas tenemos ciertos derechos, así que transformamos la memoria en un arma. Por eso me interesa la utilización de la victimización. Yo trabajo sobre Israel y Palestina porque es el mundo que conozco, pero son cuestiones que conciernen a todos. La victimización es una cristianización del judío. Es como estar en la cruz todo el tiempo, sufriendo, siendo un mártir. El filósofo Yeshayahu Leibowitz decía algo así como 'Usamos lo que nos pasó, pero uno es lo que hace y no lo que le pasó'. Muchos crímenes de hoy en día se justifican por la memoria."
No hay que olvidar que, al respecto de lo comentado por Eyal Sivan, el discurso sionista siempre ha administrado la memoria histórica del conflicto con Palestina y por extensión con el mundo árabe, difundiendo la idea de que ceder ante las presiones palestinas supondría poner en peligro la continuidad del Estado de Israel. Desde ese planteamiento, el gobierno israelí califica las fronteras anteriores a 1967 como "fronteras Auswitch", lo que no deja de ser un golpe bajo a la conciencia internacional que, de otro modo, no tendría tantos reparos a la hora de cuestionar o denunciar sus acciones. "Actuamos como israelíes en nombre de la memoria, pero como nos ponemos a nosotros en la situación de víctimas, no tenemos compasión por las otras víctimas. Es una paradoja"
, subraya Sivan.
De hecho, a los ojos de ciertas personalidades políticas y culturales israelíes, algunas acciones realizadas en defensa del Estado de Israel han sido comparables a denunciados horrores del nazismo. Destaca Sivan que "En todas esas declaraciones se refleja una perplejidad que muchos ciudadanos, israelíes y no israelíes, compartimos: ¿cómo es posible que un pueblo que ha sufrido en sus propias carnes la persecución y la expulsión territorial, esté haciendo lo mismo con otras personas?"
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Hay que tener en cuenta que David Ben-Gurion -considerado el padre de la nación israelí- atribuía al Estado de Israel la representación única de la memoria de las víctimas del genocidio judío, desde luego un peso difícilmente soportable. Incluso llegó a recriminar públicamente a los inmigrantes judíos árabes que protagonizaron a mediados de la década de los 50 las primeras protestas públicas contra su gobierno, ya que según él no tenían motivo para quejarse si comparaban su situación con la de los judíos occidentales que habían sufrido la persecución nazi. "Desde sus inicios,
subraya Eyal Sivan, el Estado israelí ha utilizado la evocación del holocausto como una herramienta de cohesión y control social que, por un lado, le ha permitido neutralizar las disidencias internas y, por otro, borrar las memorias propias de los judíos orientales".
El conflicto palestino-israelí. Oriente contra occidente
Desde luego, la vergüenza del nazismo esta muy presente en la memoria del pueblo judío, pero eso no ha de bastar para justificar o cerrar los ojos ante lo que ese mismo pueblo haya hecho después. "La propia memoria del genocidio actúa como una especie de vacuna histórica y el recuerdo del propio horror hace que se olvide o minimice el horror del otro. A ese olvido contribuye la mala conciencia de la sociedad europea por su responsabilidad en el holocausto judío, pues ha potenciado una actitud permisiva respecto a las acciones del Estado de Israel"
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Extendiendo la anterior reflexión, nos encontramos con que la respuesta al problema del conflicto entre Palestina e Israel se ha de buscar directamente en las raíces del judaísmo occidental, que como nos demuestra Sivan en su filmografía a reeducado (reprimido) a la vertiente árabe. "No hay que olvidar, precisa Eyal Sivan, que el conflicto israelí-palestino es como un laboratorio en el que se reproduce a pequeña escala la confrontación entre Occidente y Oriente, entre las sociedades ricas y las periféricas"
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Sobre este trascendente asunto, cabe destacar su acertadísimo documental Jerusalems: Le syndrome borderline (1994), en donde analiza desde la distancia dónde acaba el fervor religioso y dónde empieza el fetiche, siempre desde un punto de vista que representa la visión de un extranjero en una ciudad tan sobre sacralizada como Jerusalén. Mezclando ficción y realidad, con toques fellinianios notables, asistimos por una parte al encuentro entre las distintas formas que tienen la óptica árabe y la judía a la hora de entender y afrontar las mismas situaciones y utilizar los mismos espacios, siempre con la invasión turística como nexo común y fuerza motivadora de cambios. Nunca dos culturas cohabitantes en un mismo estado estuvieron tan alejadas entre ellas, como se desprende de la brutal metáfora construida en torno al culto (y explotación comercial) del muro de las lamentaciones.
Por ello, el objetivo de sus films también es contribuir a re-escribir la historia del conflicto desde un enfoque plural y complejo que tenga en cuenta no sólo la visión de los judíos occidentales y la de los palestinos, sino también la recuperación del pensamiento judío árabe, pues como Sivan dice: "El imaginario sionista que ha configurado la identidad oficial israelí se articula en torno a la historia de los judíos occidentales, mientras que las referencias al amplio legado judío oriental se hacen siempre desde una óptica culturalista y a-histórica"
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Por otra parte, como se apunta en el citado documental, Israel supone para muchos judíos occidentales la reafirmación de su esencia como practicantes, por mucho que algunos nunca hayan pisado esa tierra. En consecuencia, eso lleva a situaciones paroxísticas como el hecho de reivindicar e imponer unos valores o derechos para Israel que están muy por encima de sus necesidades reales o de los intereses de un amplio espectro de la población, reprimiendo y negando la visión que tienen los judíos orientales (árabes) de su propia tierra. Al fin y al cabo los judíos occidentales son los ricos y los orientales los pobres, así que urge cuestionarse si las abismales diferencias entre israelitas árabes y palestinos vienen desde tiempos inmemoriales (afirmación que parecen desmentir la mayoría de historiadores) o si por el contrario esas diferencias provienen de la idealización que el pensamiento judeo-cristiano (totalmente occidental) ha hecho de esa tierra, pues no en vano han acabado consumando en el siglo XX la (según algunos) ocupación ilegal de una gran parte de Palestina para formar el Estado de Israel, decisión tomada sin tener en cuenta la legitimidad del estado palestino y con total impunidad ante la ONU.
Por último, si cabe más interesante (por comprometedora) para el público occidental, es la implicación de esta sacralización o visión mística que representa Jerusalén como cuna del cristianismo, ya que para el pensamiento judeocristiano es la tierra prometida y en ello se fundamenta la ocupación de esas tierras árabes para la fundación del Estado de Israel, punta de lanza de la penetración de occidente dentro del mundo islámico. Por tanto, Eyal Sivan apela a que nos cuestionemos los intereses políticos que pueden haber detrás de ese gran circo montado en torno a la fe religiosa, ya que en última instancia lo que denuncia es la falsa complacencia en la que estos (nosotros, pues aun ateos conservamos la moral judeo-cristiana) se han acomodado como jueces de un conflicto que les queda lejano desde su punto de vista, amparándose en su laicismo para ocultarse a si mismos que en realidad les atañe desde los albores de su génesis como civilización.
Cuando asistimos a los últimos compases de Jerusalems: Le syndrome borderline, el personaje/psicólogo encargado de explicarnos las causas del "Síndrome de Jerusalén" nos resume que todavía se desconocen los orígenes de ese trastorno, invitándonos a participar en la discusión ya que según dice podemos tener cosas a decir. Justo en ese momento, una cámara aparece en escena apuntándonos impasiblemente, malgastando metros de celuloide a la espera de que nos pronunciemos. El tremendo abismo que intuimos en esa reflexión nos obliga a salir abruptamente de la consulta, cerrando completamente las puertas, ocultando la realidad de ese objetivo que aguarda impaciente por conocer nuestra respuesta. Aún así, lejos ya de ese espacio virtual, una vez abandonada la proyección, el sonido del motor todavía perdura dentro de nuestras mentes, sabemos que esa cámara seguirá ahí, impasible hasta el día en que decidamos enfrentarnos a ella. El tiempo apremia. Solo es una pregunta, la eterna gran pregunta...
Artículo escrito por Javier Rueda

